formas, y qué rollizo está!» Y le ayudó á echarse en el mármol tibio de la sala caliente y empezó á friccionarle con un cuidado especial. Y cuando llegó cerca de los muslos, se quedó en el limite de la estupefacción al notar que el zib del mozo aquel tan metido en carnes apenas alcanzaba el volu- men de una avellana...
En este momento de su narración, Schahrazada
vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGO
LA 503.ª NOCHE
Ella dijo:
...se quedó en el límite de la estupefacción al notar que el zib del mozo aquel tan metido en carnes apenas alcanzaba el volumen de una ave- llana. Y al ver aquello, se puso á lamentarse con toda su alma y á goipearse las manos una contra otra, dejando bruscamente de darle masaje.
Cuando el joven vió al masajista presa de se- mejante pena y con el rostro demudado por la des- esperación, le dijo: «¿Qué te sucede, joh masajista! para lamentarte así con toda tu alma y golpearte las manos una contra otra? El masajista contestó: <¡Ay mi señor! ¡mi desesperación y mis lamenta- ciones son por ti! ¡Porque veo que te aflige la ma-