yor desgracia que le puede ocurrir à un hombrel Eres joven, rollizo y hermoso, y posees cuantas perfecciones de cuerpo y de rostro y cuantos bene- ficios dispensa el Retribuidor á sus elegidos. ¡Pero precisamente careces del instrumento de delicias, sin el cual no se es hombre ni se está dotado de la virilidad que da y recibel ¿Sería vida la vida sin el zib y todas sus consecuencias?> Al oir estas palabras, el hijo del visir bajó la cabeza tristemen- te, y contestó: ¡Tienes razón, tio mio! ¡Y precisa- mente acabas de hacerme pensar en lo que consti- tuye mi único tormento! Si tan pequeña es la he- rencia de mi venerado padre, yo solo me tengo la culpa, por no haberme cuidado de hacerla prospe- rar hasta hoy. ¿Cómo quieres, en efecto, que el ca- brito llegue à ser potente manteniéndose lejos de las cabras incendiarias ó que el árbol se desarro- lle sin que se le riegue? ¡Hasta hoy me mantuve lejos de las mujeres, y todavía no vino ningún de. seo á despertar á mi niño en su cuna! [Pero ya creo que es hora de que se despierten los dormidos y de que el pastor se apoye en su báculo!>
Al oir este discurso del hijo del visir, dijo el masajista del hammam: «Pero ¿cómo hará el pas- tor para apoyarse en su báculo, no siendo éste mayor que una falange del dedo meñique?> El mo- zalbete contestó: <Para eso, mi buen tio, cuento con tu generosa voluntad. Vas á ir al estrado en que dejé mi ropa, y cogerás la bolsa que hay en mi cinturón; y con el oro que contiene irás á bus-