car para mi una joven capaz de iniciar el desarro- llo que deseamos. ¡Y con ella haré mi primer ensa- yo!» » Y el masajista fué al estrado, cogió la bolsa y salió del hammam en busca de la joven consabida.
En el camino se dijo: ¡Ese pobre mozo se ima- gina que un zib es una pasta de caramelo blando que se desarrolla más cuanto más se la tocal Es posible creer que el cohombro se hace cohombro de la noche à la mañana ó que el plátano madura antes de llegar á ser plátano?» Y riéndose de la aventura, fué al encuentro de su esposa, y le dijo:
- ¡Oh madre de Ali! has de saber que acabo de dar
masaje en el hammam á un joven hermoso como la luna llena. Es hijo del gran visir y reune todas las perfecciones, ¡pero el pobre no tiene un zib como el de los demás hombres! Lo que posee apenas tie- ne el tamaño de una avellana. Y como yo me la- mentaba por su juventud, me ha dado esta bolsa llena de oro á fin de que le procure una joven ca- paz de desarrollarle en un instante la pobre heren- cia que obtuvo de su venerable padre; ¡porque el infeliz se imagina que así va á erigirse su zib en un instante desde el primer ensayo! Yo entonces he pensado que más valía que todo este oro se que- dase en casa; y vengo å tu encuentro para decidir- te á que me acompañes al hammam, donde harás el simulacro de prestarte al ensayo sin consecuen- cias del pobre mozalbete. ¡No hay ningún inconve- niente en la cosa! ¡Y hasta podrás pasar una hora riéndote de él, sin ningún peligro ní temor! Y yo