timar ni economizar, hasta que no le quedaba nada entre las manos; porque se decía: ¡Mañana nos vendrá el pan de mañana!» Y así vivia al día, sin anticiparse al destino del día siguiente.
Pero un dia su esposa parió el décimo varón, pues merced á la bendición, los otros nueve eran también varones. Y aquel día precisamente no había en absoluto nada que comer en la pobre casa del pescador Abdalah. Y dijo la mujer al marido: ¡Oh mi amo, la casa tiene un habitante más, y todavía no ha llegado el pan del día! ¿No vas á buscarnos algo para sostenernos en este mo- mento penoso?> Él contestó: <¡Ahora voy á salir, confiándome á la voluntad de Alah, é iré á pescar en el mar, arrojando mi red á la salud de ese niño recién nacido, para juzgar asi de su suerte futura!> La mujer le dijo: ¡Pon tu confianza en Alah!> Y el pescador Abdalah se echó al hombro su red y se fué al mar...
En este momento de su narración, Schahrazada
vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGO
LA 506. NOCHE
Ella dijo:
... Y el pescador Abdalah se echó al hombro su red y se fué al mar. Y arrojó al agua la red á la