pletamente extraordinario, le costó un trabajo in- menso sacarla hasta la orilla; y sólo hubo de conse- guirlo después de hacerse sangre en las manos á fuerza de tirar de las cuerdas. Y en el limite de la estupefacción, se encontró entonces apresado entre las mallas de la red un ser humano, un Adamita semejante à todos los Ibu-Adam, con la sola dife- rencia de que su cuerpo terminaba en cola de pez; pero, aparte de eso, tenía cabeza, cara, barba, tronco y brazos, como un hombre de la tierra.
Al ver aquello, el pescador Abdalah no dudó un instante de que se hallaba en presencia de un efrit entre los efrits rebeldes à las órdenes de nuestro señor Soleimán Ibu-Daúd, que fueron encerrados en vasos de cobre rojo y arrojados al mar. Y se dijo: <¡Sin duda es uno de ellos! ¡Merced al desgas- te del metal por el agua y los años, ha podido salir del vaso sellado y agarrarse á mi red!» Y lanzan- do gritos de terror y levantándose el traje hasta más arriba de las rodillas, el pescador echó á co- rrer por la playa, huyendo hasta quedarse sin res- piración, y aullando: ¡Amán! ¡Amán! ¡Misericor- dia, joh efrit de Soleimán!>
Pero desde dentro de la red le gritó el Adamita: Ven, joh pescador! ¡No huyas de mi! ¡Porque soy un ser humano como tú, y no un mared ó un efrit! ¡Vuelve pronto para ayudarme à salir de esta red, y nada temas! ¡Te recompensaré espléndidamente! ¡Y Alah te lo tendrá en cuenta el día del Juicio.> Al oir estas palabras, se calmó el corazón del pes-