ni ó un efrit malhechor, ¿no hubiera hecho trizas ya tu red en vez de rogarte que vinieras en mi ayuda para salir sin estropeártela, puesto que con ella te ganas el pan y es la única puerta por donde entran recursos en tu casa?> Al oir estas palabras tranquilizadoras, Abdalah sintió que se disipaban Bus últimas dudas y sus últimos temores, y cuando se inclinaba para ayudar al habitante del mar á salir de la red, éste le dijo aún: ¡Oh pescador! el Destino quiso para bien tuyo mi captura. Me pasea- ba yo, en efecto, por las aguas, cuando cayó enci- ma de mi tu red y me apresó en sus mailas. ¡Deseo, pues, labrar tu dicha y la de los tuyos! ¿Quieres que hagamos un pacto por el cual se comprometa cada uno de nosotros à ser amigo del otro y ha- cerle regalos y recibir de él otros en cambio? Así, tú, por ejemplo, vendrás todos los días à buscar- me aquí y traerme una provisión de los frutos de la tierra que crecen entre vosotros: uvas, higos, sandias, melones, albérchigos, ciruelas, granadas, plátanos, dátiles y otros más. Y lo aceptaré de ti todo con extremado gusto. Y te daré á mi vez de los frutos del mar que crecen en las profundidades que habitamos nosotros: coral, perlas, crisólitos, aguasmarinas, esmeraldas, zafiros, rubies, meta- les preciosos y todas las gemas y pedrerías del mar. ¡Y con ellas te llenaré cada vez el cesto de frutas que me traigas! ¿Aceptas?> 1
Al oir estas palabras, exclamó el pescador, que ya no se tenía mas que con una pierna, de tanta