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Página:Las mil noches y una noche v12.djvu/84

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LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE

Y vió despiegarse el mar por encima de su ca- beza como un pabellón de esmeralda, al igual que en la tierra reposa sobre las aguas el admirable azur; y á sus pies extendíanse las regiones subma- rinas que no había violado desde la creación nin- guna mirada terrestre; y reinaba una gran sereni- dad en las montañas y llanuras del fondo; y era delicada la luz que se bañaba en las transparen- cias infinitas y el esplendor de las aguas en torno de los seres y de las cosas; y aquellos paisajes tran- quilos le encantaban más que todos los encantos del cielo natal; y veía selvas de coral rojo, y sel- vas de coral blanco, y selvas de coral rosa, que se inmovilizaban en el silencio de sus ramajes; y gru- tas de diamante con columnas de rubies, de crisó- litos, de berilos, de zafiros, de oro y de topacios; y una vegetación de locura que se mecia en espacios grandes como reinos; y en medio de arenas de pla- ta, conchas de millares de formas y colores, que se miraban resplandecientes en el cristal de las aguas; y veía á su alrededor peces relampagueantes que semejaban flores, y peces que semejaban frutas, y peces que semejaban pájaros, y otros, vestidos con escamas de oro y plata, que semejaban lagartos grandes, y otros que parecían más bien búfalos, vacas, perros, y hasta Adamitas; é inmensos ban- cos de reales pedrerías lanzando mil destellos mul- ticolores que el agua avivaba, lejos de extinguir- los; y bancos en que abríanse ostras llenas de perlas blancas, de perlas rosa y de perlas doradas;