puntos de nuestro Imperio y viven juntas esperan- do al esposo. Y cuando Abdalah del Mar acabó de dar esta explicación á su amigo, llegaron à una ciudad poblada por varones y hembras; y dijo Ab- dalah de la Tierra: «¡Oh hermano mío, allí veo una ciudad poblada; pero no advierto en ella tiendas donde se venda y se compre! ¡Y además, he de de- cirte que estoy muy asombrado de ver que ni uno de sus habitantes se cubre con trajes que le protejan las partes que deben ir ocultas!> El otro contestó: <Respecto á lo de vender y comprar, no tenemos ninguna necesidad de ello, ya que la vida es fácil para nosotros y nuestro alimento consiste en peces que se pescan al alcance de la mano. Pero en cuanto à ocultar ciertas partes de nuestro cuerpo, ante todo no creemos que sea necesario, además de que tenemos constituídas esas partes de otra mane- ra que vosotros; y luego, aunque quisiéramos ocul- tarlas, no podríamos, pues no disponemos de telas con que cubrirlas. El terrestre dijo: ¡Está bien! ¿Y cómo se efectúan entre vosotros los matrimo- nios? El otro dijo: «Entre nosotros no se contraen matrimonios, porque no tenemos leyes que fijen y rijan nuestros deseos y nuestras inclinaciones; pero cuando nos gusta una joven, nos quedamos con ella; y cuando deja de gustarnos, la dejamos, ¡y ya le gustará á otro! Además, no todos somos mu- sulmanes aqui; entre nosotros hay también muchos cristianos y judios; y esas gentes no admiten el matrimonio fijo, porque les gustan mucho las mu-
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Apariencia