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Página:Las mil noches y una noche v2.djvu/88

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LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE

Badreddin, y hubo de suspirar y llorar mucho. Y después recitó estas dos estrofas: Si no tuviese la esperanza de que los objetos separa- dos han de reunirse algún día, nada habría aguardado ya desde que te fuiste! ¡Pero hice el juramento de que no entraria en mi co- razón más amor que el tuyo! ¡Y Alah mi señor, que co- noce todos los secretos, puede atestiguar que lo he cum- plido! Después le dijo á Agib: «Hijo mio, ¿por dónde estuviste?»> Y él contestó: «Por los zocos de Damas- co. Y ella dijo: «Ya debes tener mucho apetito. >> Y se levantó y le trajo una terrina llena del famoso dulce de granada, deliciosa especialidad en que era muy diestra, y cuyas primeras nociones había dado á su hijo Badreddin siendo él muy niño. Y ordenó al eunuco: «Puedes comer con tu amo Agib.» Y el eunuco, haciendo muecas, se decía: ¡Por Alah! ¡Maldito el apetito que tengo! ¡No po- dré comer ni un bocado!» Pero fué á sentarse junto á su señor. Y Agib, que se había sentado también, se en- contraba con el estómago lleno de cuanto había co- mido y bebido en la pastelería. Sin embargo, tomó un poco de aquel dulce, pero no pudo tragarlo por lo harto que estaba. Además le pareció muy poco azucarado. Y en realidad no era así ni mucho me- nos. Porque la culpa era de él, pues no podia estar