Tohfa que cuanto había aprendido hasta aquel mo- mento era erróneo, y que lo que acababa de apren- der del jeque Eblis (¡confundido sea!) era fuente y base de toda armonía. Y se regocijó al pensar que podría hacer oir aquella música nueva á su amo el Emir de los Creyentes y á Ishak Al-Nadim. Y para tener la certeza de que no se equivocaría, quiso re- petir, en presencia del que lo había tocado, el aire oido. Tomó, pues, su laúd de manos de Eblis, y guiándose por el primer tono que él le dió, repitió la pieza á la perfección. Y exclamaron todos los genn: ¡Excelente!» Y Eblis le dijo: «Hete aquí ahora joh Tohfa! en los limites extremos del arte. Asi es que voy a extenderte un diploma signado por todos los jefes de los genn, en el cual se te re- conocerá y proclamará como la mejor tañedora de laúd de la tierra. Y en ese mismo diploma te nom- braré «lugartenienta de los pájaros». Porque los poemas que nos has recitado y los cantos con que nos has favorecido te hacen sin par; y mereces estar á la cabeza de los pájaros músicos. >> Y el jeque Eblis mandó llamar al escriba prin- cipal, que tomó una piel de gallo, y acto seguido la preparó para extender el diploma en cuestión... En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente. TOMO XXI Biblioteca Valenciana (Generalitat Valenciana) 13
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Apariencia