tornó para él en la mañana de la alegría, después de que la ausencia convirtió en fuente sus dos ojos. Y salió al encuentro de su hijo, mientras la procla- mación de la buena nueva se esparcía por toda la ciudad y en todas las casas se exteriorizaba el jú- bilo. Y se acercó al príncipe, temblando de emoción, y le estrechó contra su pecho, y le besó en la boca y en los ojos, y lloró mucho y ruidosamente sobre él. Y Diamante, apretando los puños, procuraba reprimir sus llantos y suspiros. Y cuando, por fin, se calmaron un poco las primeras exaltaciones, y pudo hablar el viejo rey, dijo á su hijo Diamante: «¡Oh ojo y lámpara de la casa de tu padre...
En este momento de su narración, Schahrazada
vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 922.a NOCHE
Ella dijo:
<...¡Oh ojo y lámpara de la casa de tu padre! Cuéntame al detalle la historia de tu viaje, á fin de que yo viva con el pensamiento los dias de tu do- lorosa ausencia.» Y Diamante contó al viejo rey Schams-Schah todo lo que le habia sucedido, desde el principio hasta el fiu. Pero no hay utilidad en repetirlo. Luego le presentó, una tras de otra, á