fué, que su corazón, que ella decía ser tan duro, se derritió en su pecho, y lloró abundantemente, mien- tras improvisaba esta estrofa:
¡Honor á la rival de alma magnánima! ¡Sabe todos los secretos, y los guarda silenciosamente! Sale perju- dicada en el reparto, y se calla sin murmurar! ¡Conoce el admirable valor de la paciencia!
Entonces aprendi cuidadosamente esta estrofa, para repetirsela á Aziza. Y cuando de vuelta á mi casa encontré á mi prima tendida sobre los colcho- nes, y junto à ella á mi madre, me apresuré á sen- tarme á su lado. Y la pobre Aziza tenía en el rostro. una gran palidez, y parecía desmayada. Levantó dolorosamente los ojos hacia mí, y no pudo hacer ningún movimiento. Entonces mi madre, muy seve- ramente, me dijo: «¿No te da vergüenza, ¡oh Aziz!? ¿Está bien abandonar así á la prometida?» Y Aziza cogió entonces las manos de mi madre y se las besó. Después hizo un gran esfuerzo, y acabó por preguntarme: «¡Oh hijo de mi tio! ¿olvidaste mi en- cargo?» Y yo dije: «¡Tranquilizate, Aziza! Le he recitado la estrofa, y la ha conmovido hasta el li- mite de la emoción, de tal manera, que me ha reci- tado esta otra.» Y le repeti los versos consabidos. Y Aziza, al oirlos, lloró en silencio, y murmuró estas palabras del poeta: ¡Quien no sabe callar el secreto ni practicar la