Cuando la joven me vió, quedó muy sorprendi- da, y con su ingenuo aspecto, sus ojos muy abiertos y su voz gentil, más deliciosa que todas las que ha- bía oido en mi vida, preguntó: «¡Oh madre mia! ¿es éste el joven que nos va á leer la carta?» Y como la anciana contestase afirmativamente, la joven me alargó la carta que acababa de entregarle su ma- dre. Pero cuando me inclinaba hacia ella para reci- bir la carta, me senti violentamente empujado ha- cia adentro por un cabezazo en la espalda que me acababa de asestar la vieja. Y me empujó hacia el interior del vestíbulo, mientras que ella, más veloz que el relámpago, se apresuraba á entrar detrás de mí, y cerró en seguida la puerta de la calle. Y así me vi preso entre aquellas dos mujeres, sin saber lo que querían hacer de mí. Pero no tardé en ente- rarme de todo. Efectivamente...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente hasta el otro día.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 123.a NOCHE
Ella dijo:
...Efectivamente, cuando estaba en nfedio del corredor, la joven me tiró al suelo muy diestramen-