uni á la caravana, y viaje con ella por todas par- tes, pero sin tener ánimos para exhibir mis géne- ros. ¡Al contrario! Todos los días me sentaba apar- te, y cogía la tela recuerdo de Aziza, la extendia delante de mí y la miraba durante largo rato, llo- rando. Y así siguieron las cosas, hasta que después de un año llegamos á las fronteras en que reinaba el padre de la princesa Donia. Eran las Siete Islas del Alcanfor y el Cristal. Ahora bien; el rey de ese pais, ¡oh principe Diadema! se llama el rey Schahramán. Y es, efec- tivamente, el padre de la princesa Donia, que sabe bordar con tanto arte esas gacelas que envia á sus amigas.
Pero al llegar á este reino, pensé: «¡Oh Aziz! ¿de qué pueden servirte, ¡oh pobre lisiado! todas las princesas y todas las jóvenes del mundo? ¿De qué han de servirte, cuando te han dejado el vien- tre tan liso como el de una mujer?»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y con su acostumbrada dis- creción, aplazó el relato para el otro día.