Después miró á los jóvenes, dejó que su alma vagara un instante por el jardín de su belleza, é inspirándose en ella les dedicó estas dos estrofas:
¡Fui á su morada, y desde la puerta me recibieron
con afable semblante y ojos llenos de sonrisas!
¡Gusté todas las delicias de su hospitalidad, y senti
la dulzura! ¿Cómo no he de ser esclavo de sus encantos?
Al oir estos versos y la anterior canción, que-
daron maravillados del arte del jeque. Le dieron las
gracias, y como ya anochecía, le acompañaron hasta
la puerta del hammam, y aunque insistió mucho
para que fuesen á cenar á su casa, se excusaron, y
se alejaron después de despedirse, mientras el je-
que permanecia inmóvil mirándolos todavía.
Llegados à la casa, comieron y se acostaron con perfecta felicidad hasta el día siguiente. Entonces se levantaron, hicieron sus abluciones, cumplieron los deberes de la oración, y en cuanto se abrió el zoco, marcharon á su tienda y la abrieron por pri- mera vez.
Ahora bien; los servidores la habian arreglado perfectamente, demostrando su buen gusto. La ha- bian tapizado con telas de seda, colocando en el mejor lugar dos regios tapices que bien valdrian cada uno cien dinares. Y en las anaquelerías de marfil, ébano y cristal aparecían muy bien puestas las mercaderías de valor y los tesoros inestimables.
Entonces Diadema se sentó en una de las alfom-