el asombro de la vieja, que no sabia qué mirar pre- ferentemente, si la magnificencia de aquel tejido ó la cara adorable y los negros ojos del joven. Y he aquí que, al mirar los juveniles encantos del mer- cader, notaba que su vieja carne trepidaba y que sus muslos se juntaban febriles, sintiendo gran de- seo de rascarse lo que le picaba.
Y en cuanto pudo hablar, dijo à Diadema, mi- rándole con ojos humedecidos por la pasión: «La tela me conviene. ¿Cuánto he de darte por ella?>> Y él, inclinándose, contestó: «Estoy pagado de sobra con la dicha de haberte conocido. » Entonces la vieja exclamó: «¡Oh joven adorable! ¡Dichosa la mujer que pueda tenderse en tu regazo y enlazar con sus brazos tu cintura! Pero ¿en dónde están las mujeres que tú te mereces? ¡Por mi parte, no co- nozco mas que una! Dime, joven cervatillo, ¿cuál es tu nombre?» Y él contestó: «Me llamo Diadema. >>
Entonces la vieja dijo: «¡Pero si esc nombre sólo se da á los hijos de los reyes! ¿Cómo es posible que un mercader se llame Corona de los Reyes?>> Entonces, Aziz, que no había hablado ni una sola palabra, se apresuró á intervenir para sacar ȧ su amigo del apuro. Y explicó á la vieja: «Es hijo único, y sus padres lo quieren tanto, que le han dado un nombre como se les da á los hijos de reyes.» Ella dijo: «¡Verdaderamente, si la Belleza hubiera de elegir un rey, escogeria á Diadema! Y sabe, ¡oh Diadema! que desde este instante esta vieja es tu esclava. ¡Y Alah es fiador de mi devo-