nos de la victoria. Porque nunca se dirá que una vez en mi vida no he podido unir á los enamorados. ¡Y esta dificultad anima mi astucia para hacerte lograr tus deseos!» Entonces Diadema preguntó: «Pero ¿cuál es la causa que impulsa á la princesa á sentir ese horror hacia todos los hombres?» Y con- testó la vieja: «Es un sueño que tuvo.» Diadema ex- clamó: «¿Un sueño? ¿Nada más que eso?»> Y prosi- guió la vieja: «Sencillamente eso, y hételo aquí:
»Una noche, durmiendo la princesa Donia, vió
en sueños á un pajarero que tendia las redes en el
campo, y que después de haber echado granos de
trigo alrededor, se quedaba en acecho esperando su
suerte.
>Y en seguida, de todos los puntos del bosque acudieron las aves y se precipitaron sobre las rè- des. Entre aquellas aves que picoteaban los granos de trigo habia dos palomos, macho y hembra. Y el macho, mientras picoteaba, hacia la rueda alrede- dor de su hembra, sin advertir los lazos que le ace- chaban. Y en uno de sus movimientos, se le enredó una pata entre las mallas, que se apretaron y le hi- cieron prisionero. Y las aves, asustadas de sus ale- tazos, volaron ruidosamente.
»Entonces, la hembra, abandonándolo todo, no tuvo otra preocupación que la de libertarle. Y tanto trabajó y tan bien, que desgarró la red con el pico y acabó por libertar al palomo, antes que el pajarero tuviera tiempo para atraparlo. Y ella se remontó