con él y volaron juntos, para volver luego á picotear los granos extendidos en torno de los lazos.
»El macho empezó nuevamente á dar vueltas alrededor de la hembra, que al retroceder para evi- tar sus incansables escarceos, se aproximó inadver- tidamente á las mallas, en las cuales quedó presa á su vez. Y el macho, lejos de preocuparse por la suerte de su compañera, voló veloz con las demás aves, dejando que el pajarero se apoderase de la cautiva y la degollara.
>> Este sueño sobrecogió de tal modo á la prince- sa, que se despertó llorando á mares, y me llamó para referirme, toda temblorosa, su amarga visión. Y me dijo: «Todos los machos se parecen, ¡oh mi Dudú! y los hombres deben ser peores que los ani- males; por lo cual nada bueno puede esperar de su egoismo la mujer. ¡Por eso juro ante Alah que evi- taré con toda mi alma el horror de que se me acer- quen!»
Entonces el principe Diadema dijo: «Pero ¡oh
buena madre! ¿no le advertiste que todos los hom-
bres no son como aquel palomo infame, y que tam-
poco son todas las mujeres como su fiel y desven-
turada compañera?» La vieja contestó: «Nada de
eso ha podido convencerla después. Vive solitaria,
adorando únicamente su hermosura.» Y el príncipe
dijo: «¡Oh mi buena madre! Te ruego de todos modos
que me la dejes ver, aunque me exponga á morir.
Verla aunque sólo sea una vez, y que penetre en