amores, y vi que el Destino me sonreía y me otorgaba la curación! ¡Te equivocaste, pues, Ibn-Sina! ¡La única medicina del amor es otro amor!
Entonces Diadema dijo: «Puede que el poeta ten-
ga razón. Pero ¡cuán difícil es ese remedio cuando
se ha perdido la voluntad!» Y después de esto se le-
vantaron, saludaron al viejo guarda, y volvieron á
la casa, donde se reunieron con la anciana nodriza.
Como había transcurido la semana, la princesa quiso, según costumbre, dar su paseo por el jardín, y comprendió entonces la falta que le hacía su an- ciana nodriza. Y desolada por esto, recapacitó y se dió cuenta de que habia obrado muy mal con aque- Hla que le había servido de madre. En seguida envió un esclavo al zoco, y otro esclavo á todas las casas donde pudiera estar Dudú. Y precisamente la no- driza, que acababa de repetir á Diadema las reco- mendaciones necesarias para el encuentro en el jar- dín, se dirigía sola hacia palacio. Entonces la vió uno de los esclavos, y se le acercó para rogarle res- petuosamente, en nombre de su ama, que fuese á reconciliarse con ella. Verificada la reconciliación, después de algunas dificultades de pura fórmula, la princesa la besó en las mejillas, y Dudú le besó las manos, y seguidas de las esclavas, franquearon la puerta secreta y entraron en el jardín.
Por su parte, el príncipe se atuvo por completo á las instrucciones de su protectora. Entonces el