el tercero y el cuarto, y nadie tuvo noticias de Kan- makán. Entonces su madre se encerró para llorar en su aposento, y decía desde lo más profundo de su dolor: «¡Oh hijo mío! ¿Hacia dónde dirigiré mis llamamientos? ¿Hacia qué pais correré á buscarte? ¿Qué pueden estas lágrimas que derramo por ti? ¿En dónde estás, hijo mío?» Y la pobre madre no quiso beber ni comer, y su dolor fué conocido por toda la ciudad y compartido por todos los habitantes, que querían mucho al joven Kanmakán y al rey, su di- funto padre. Y todos clamaban: «¿Dónde estás, ¡oh pobre Daul'makán! rey bueno y justo? ¡Se ha per- dido tu hijo, y ninguno de los que colmaste de be- neficios sabe encontrar su rastro! ¡Pobre descenden- cia de Omar Al-Nemán! ¿Qué ha sido de ti?»>
Y en cuanto á Kanmakán, he aquí que caminó
durante todo el día, y no descansó hasta que cerró
la noche. Al otro día y los siguientes caminó tam-
bién, alimentándose de las plantas que cogía y be-
biendo en los manantiales y en los arroyos. Al cabo
de cuatro dias llegó á un valle cubierto de bosques,
por donde corrían las aguas y cantaban las aves y
las palomas. Y alli se detuvo, hizo sus abluciones
y después su plegaria, y habiendo cumplido de tal
suerte sus deberes, como llegaba la noche se tendió
bajo un árbol y se durmió. Permaneció dormido
hasta medianoche. Entonces, en medio del silencio
del valle, surgió una voz de entre las rocas y lo des-
pertó. Y la voz cantaba: