tiempo, soy tu esclavo!» Pero él, sin hacer caso de la gentileza del muchacho, soltó una carcajada que hizo retemblar toda la sala, y exclamó: «¡Por Alah! ¡Todos estos son aficionados al haschisch! ¡He aquí que ahora me llaman rey!» Y dijo después al mu- chachito: «Ven aqui, y córtame la mitad de una sandía bien colorada y bien tierna. Es lo que más me gusta. No hay nada como la sandia para refres- carme el corazón.» Y el muchacho le llevó la san- dia, admirablemente cortada en rajas. Entonces le dijo: ¡Márchate, que no me sirves! Ve ȧ traerme lo que además de la sandia me gusta más, ó sea carne virgen de primera.» Y el muchacho desapa- reció.
>> Y de pronto entró en la sala una muchacha muy joven, que avanzó hacia él moviendo las caderas, que apenas se dibujaban por lo muy infantiles que eran todavía. Y él, al verla, se puso á resollar con alegría, y cogió á la chiquilla en brazos, se la puso entre los muslos y la besó con ardor. Y la hizo des- lizarse debajo de él; sacó el zib y se lo puso en la mano. Y quién sabe lo que iria á hacer, cuando bajo la sensación de un frio intensísimo despertó de su sueño.
>>En este momento, y después de reflexionar que todo aquello no era mas que el efecto del haschisch en el cerebro, se vió rodeado por todos los bañistas, que le miraban burlonamente, riéndose con toda su alma y abriendo unas bocas como hornos. Y le se- ñalaban con el dedo su zib desnudo, que se erguia