»Una noche que estaba echado sobre la arena junto á mi caballo, senti oprimida mi alma por el peso de los maléficos hechizos de mis enemigas las brujas. Fué para mí una noche terrible entre to- das las noches, pues tan pronto ladraba como un chacal, ó rugía como un león, ó me quejaba sor- damente, echando baba como un camello. ¡Qué no- che! ¡Y con qué impaciencia aguardaba yo su fin y la aparición de la mañana! Y cuando se aclaró el cielo se calmó mi inquietud. Entonces, para librar- me de los últimos vestigios de aquellos sueños mal- ditos, me levanté en seguida, me ceñí el alfanje, cogi mi lanza, salté sobre mi corcel y lo lancé al galope, más rápido que la gacela.
»Y mientras galopaba de tal suerte, vi delante de mí un avestruz que me miraba. Estaba plantado muy tranquilo frente á mi caballo, y me disponía á llegar sobre él; pero cuando iba á darle con la lanza, se volvió rápidamente, abrió sus grandes alas, y salió como una saeta á través del desierto. Le per- seguí de aquella manera, y me arrastró hasta una soledad toda desolada y llena de espanto, pues allí no había más presencia que la de Alah. Sólo se veían las piedras peladas. No se oia mas que el silbido de las víboras, los gritos de los genios del aire y de la tierra, y los aullidos de los vampiros que buscan una presa. ¡Y el avestruz desapareció como por un agujero invisible ó por algún sitio que yo no podia ver! ¡Y se estremeció toda mi carne! ¡Mi caballo se encabritó en seguida y retrocedió resollando!