>>Entonces senti una inquietud y un terror muy grandes, y quise volver riendas para retroceder. Pero ¿adónde podía ir, cuando el sudor brotaba de los flancos de mi caballo y el calor de mediodía era insoportable? Una sed atormentadora me abrasaba la garganta y hacía jadear al caballo, cuyo vientre subía y bajaba como un fuelle de fragua. Y pensé: «¡Oh Hamad, aqui morirás! ¡Y tu carne servirá de alimento á los cachorros de los vampiros y á las fie-. ras del espanto! Aquí está la muerte, joh beduino!» Pero cuando me disponía á decir mi acto de fe y á morir, vi dibujarse á lo lejos una línea de frescura poblada de palmeras. Y mi caballo relinchó, sacu- dió la cabeza y se lanzó hacia adelante. Y en un galope me vi fuera del horror de aquel pelado y ar- doroso desierto de piedra. Y delante de mí, cerca de un manantial que corría al pie de las palmeras, se levantaba una tienda magnifica, junto á la cual dos yeguas soberbias pacian la hierba húmeda y gloriosa.
>> Me apresuré á apearme y á abrevar mi caba- llo, cuyo hocico echaba fuego, y á beber también aquella agua límpida y dulce hasta hacer morir. Después saqué de mi alforja una cuerda muy larga, y até mi caballo para que pudiese refrescarse li- bremente en aquella pradera. Y hecho esto, me in- citó la curiosidad hacia la tienda para ver lo que era aquello. Y he aquí lo que vi:
»Sobre una estera muy blanca estaba sentado un joven de imberbes mejillas, tan hermoso como la