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Página:Las seis comedias de P. Terencio Africano (IA AU1076).pdf/340

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Terencio

Escena III.

Antifón.—FEDRO.

Antifón.—¡Qué! ¿es posible, l'odro, que haya yo vcnido á tanto mal, que á mi padre, que no se desvela en otra cosa sino en mirar por mi, le haya de temer enando de su venida me acuerdo? Porque si yo hubiese sido discreto, aguardara su venida como fuera razón.

Fedro.—¿Por qué dices eso?

Antifón.—Por qué lo digo, me preguntas, siendo mi eómplice en un heelo de tanto atrevimiento? ¡Plnguiera á los dioses que nunca Formión diera en la cuenta de aconsejarme esto, ni me enipujara, aprovechando ini pasión, á uma cosa como ésta, que es el principio de mi mal! No hubiera yo gozado de ella; diérame esto pena por algunos días, pero no me trajera atormentada el alma este euidado á la continua.....

Fedro.—Bah!

Antifón.—.mirando enán presto ha de venir quien ine prive de esta mujer.

Fedro.—Otros se afligen porque no aleanzan lo que aman, y tú estás congojado porque lo tienes. El amor, Antiión, te colma tus deseos. Porque realmente que esta tu vida, es vila de apetecer y de envidiar; así los dioses me amen, como á trueque de gozar yo otro tanto de quien bieu quiero, tomaría por partido la muerte.

Considera tú lo demás; qué es lo que yo saco de esta privación, y qué lo que tú de esa abundancia. Dejo aparte el haber tú aleauzado, siu gasto ninguno, una mujer libre, alilalgada, y el tener, como tú lo deseabas, una mujer muy bien reputada: realmente eres dichoso, si no te faltauna cosa, que es entendimiento, que sepa llevar esto con buen modo. ¿Qué harías tú, si las hubieses con un