rufián como aquel con quien yo las he? Allí lo verías.
Casi todos somos de está condición: siempre lo nuestro nos parece lo peor.
Antifón.—Mas tú, por el contrario, Fedro, me pareces muy dichoso, pues tienes aún entera libertad, para determinar lo que más quieras tenerla, quererla ó despedirla. Pero yo euitado he venido á tal punto, que ni hallo manera para despedirla, ni menos para couservarla. Pero, ¿qué es esto? ¿Es Geta éste que veo venir para acá? El mismo es. ¡Triste de mí, que temo las nuevas que éste me traerá!
Escena IV.
Geta.—ANTIFON, FEDRO.
Geta.—(Sin ver a los otros.) Perdido eres, Geta, si no to apereibes presto de algún buen consejo, según te pillan ahora descuidado unos tan grandes males. Ni sé cómo me libre, ni cómo salga de ellos. Porque nuestro atrevimiento no puede ya eneubrirse mueho tiempo, y si todo esto no se mira bien, dará al través conmigo ó con mi amo.
Antifón.—(A Fedro.) ¿De qué viene aquél tan alterado?
Geta.—Además, sólo tengo un punto de tiempo para arreglar el negocio. Mi amo ha vuelto ya.
AXTIFON. (A. Fedro.) ¿Qué desventura es ésa?
Geta.—Y cuando el venga á saberlo, ¿qué remedio tendré para mitigarle su eólera? Si le hablo, más le encenderé. Si callo, más le embraveceré. Si me disculpo, no haré nada. ¡Ay, triste! ¡Por iní tiemblo y por Antifón se me desgarra el alma! El me da lástima, de él tengo yo ahora congoja, él es el que me detiene ahora.
Porque, si no fuera por él, yo me pusiera fácilmente en cobro, y le diera su pago á la eólera del viejo. Yo apafiara uno u otro, y tomara las de Villadiego.