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EDIPO, REY

cosa probada: puede un hombre responder con su juicio al juicio de otro hombre. Por esto yo, antes de ver la profecia confirmada por los hechos, jamás me pondré de parte de los acusadores de Edipo. Porque cuando la virgen alada cayó sobre él, se mostró a vista de todos lleno de sabiduría y salvador de la ciudad; así que mi corazón, lleno de agradecimiento, no lo acusará jamás de malvado.

Creonte.—Ciudadanos: enterado de las terribles acusaciones que el tirano Edipo ha lanzado sobre mí, vengo sin poderme contener. Si en medio de las desgracias que nos afligen cree él que yo he sido capaz de causarle algún perjuicio con mis palabras o con mis obras, no quiero vivir más, cargado de tal oprobio. Pues la infamia de tal acusación no es de poca monta, sino de la mayor importancia, ya que tiende a declararme traidor a la ciudad, a tí y a mis amigos.

Coro.—Pero esa infamia vino arrastrada por apasionada violencia más que por juicio de serena razón.

Creonte.—¿Pero dijo, efectivamente, que el adivino, persuadido por mis consejos, ha mentido en su profecía?

Coro.—Eso dijo; pero ignoro con qué intención.

Creonte.—¿Pero con firme convicción y razón serena ha lanzado sobre mi tal acusación?

Coro.—No lo sé. Los actos de mis soberanos no acostumbro yo a criticarlos. Pero ahi lo tienes, que sale de palacio.

Edipo.—¡Ce, tú! ¿Cómo te atreves a venir por aquí? ¿Tanto es tu descaro y osadia que te presentas en mi casa, siendo tan claro y manifiesto que deseas matarme y arrebatarme la soberania? ¡Ea! Dime, por los dioses, ¿qué cobardía o qué necedad has visto en mi, que te haya decidido a proceder de ese modo? ¿Creias acaso