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EDIPO, REY

Edipo.—¿Y entonces ese adivino ejercia ya su arte?

Creonte.—Y era sabio en él y se le honraba lo mismo que hoy.

Edipo.—¿Hizo mención de mi en aquellos dias?

Creonte.—No; al menos delante de mí, nunca.

Edipo.—¿Pero no hicisteis entonces investigaciones para descubrir al culpable?

Creonte.—Las hicimos, ¿cómo no?, y nada pudimos averiguar.

Edipo.—¿Y cómo entonces ese gran sabio no reveló lo que ahora?

Creonte.—No sé. No quiero hablar de lo que ignoro.

Edipo.—Lo que te conviene, bien lo sabes; y lo dirias si tuvieras buena intención.

Creonte.—¿Qué cosa es ésa? Si la sé, no me la callaré.

Edipo.—Que si no se hubiera puesto de acuerdo contigo, nunca me hubiera atribuido la muerte de Layo.

Creonte.—Si efectivamente dice eso, tú lo sabes; pero justo es que yo te haga también algunas preguntas, como tú me las estás haciendo.

Edipo.—Pregunta, que no se probará que yo sea el asesino.

Creonte.—Dime, pues: ¿no estás casado con mi hermana?

Edipo.—No es posible negar eso que preguntas.

Creonte.—¿Gobiernas aquí con el mismo mando e imperio que ella?

Edipo.—Todo lo que desea lo obtiene de mí.

Creonte.—¿Y no mando yo casi lo mismo que vosotros dos, aunque ocupe el tercer lugar?

Edipo.—En eso se ve claramente ahora que has sido un pérfido amigo.

Creonte.—No lo creerás asi, si reflexionas un poco,