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ÁYAX

Minerva.— Y lo hubiera hecho, si me descuido yo.

Ulises.— ¿Y con qué audacia y osadía se determinó?

Minerva.— Calladamente se lanzó de noche solo contra vosotros.

Ulises.— ¿Y llegó a acercarse y ponerse a punto de realizar su intento?

Minerva.— Como que estuvo en ambas puertas del campamento.

Ulises.— ¿Y cómo contuvo su mano, ansiosa de matar?

Minerva.— Yo le aparté can falsas imágenes que le eché en los ojos, y lo lancé sobre los rebaños y demás bestias que, mezcladas y no repartidas todavía, estaban al cuidado de los pastores: cayó sobre ellas, haciendo horrible matanza en los cornudos carneros, que rajaba a diestra y siniestra. Ya creia que degollaba con su propia mano a los dos atridas, ya que hundía su espada, en otros jefes del ejército. Y al hombre, que se revolvía en su morbosa locura, le incitaba yo, y lo lancé en las redes de la desgracia. Luego, cuando cesó de matar, atando con cuerdas a los bueyes y demás bestias que quedaban vivas, se los llevó a casa, creyendo que conducia hombres y no un tropel de bestias, a las que en estos momentos, atadas dentro en la tienda, está mal tratando. Voy á mostrarte esta célebre locura para que, en viéndola, la refieras a todos los argivos. Espera con buen ánimo; no temas daño ninguno de este hombre; que yo, desviando de sus ojos los rayos de luz, le impido que vea tu cara. —¡Ce! ¡Tú que las manos a los cautivos con lazos tras de las espaldas les has atado!, te llamo para que salgas. A Áyax digo: sal aqui fuera de la tienda.

Ulises.— ¿Qué haces, Minerva? No le llames fuera.

Minerva.— ¿No callarás y esperarás sin miedo?