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TRAGEDIAS DE SÓFOCLES

de tal manera que mientras en invierno proporciona dos asentadas al sol, en verano lleva la brisa dulce sueño al pasar por la horadada caverna. Y un poco más abajo, hacia la izquierda, pronto verás una fuente de agua potable, si es que todavía persiste, Acércate cautelosamente y dime con señas si en ese mismo lugar está el hombre, o si se halla en otra parte, para que oigas las restantes advertencias que yo te expondré, con el fin de que procedamos de acuerdo.

Neoptólemo.—Rey Ulises, para averiguar lo que me mandas no he de ir lejos, pues creo que tal como dices es el antro que estoy viendo.

Ulises.—¿Hacia la parte de arriba o la de abajo?; pues yo no distingo.

Neoptólemo.—Aquí arriba; y de pasos no se oye ningún ruido.

Ulises.—Mira si duerme, no sea que se halle echado.

Neoptólemo.—Veo vacía la habitación, sin hombre alguno.

Ulises.—Y no hay dentro comodidad alguna que la haga habitable?

Neoptólemo.—Un apelmazado montón de hojas, como si en él durmiera alguien.

Ulises.—¿Y todo lo demás vacío, sin que haya nada ahí dentro?

Neoptólemo.—Un vaso de madera, obra de algún hombre inhábil; y junto a él, astillas de las que sirven para encender fuego frotando.

Ulises.—De él es todo ese menaje que me indicas.

Neoptólemo.—¡Ay, ay! Aquí veo unos andrajos que se están secando, llenos de asqueroso pus.

Ulises.—El hombre habita en estos lugares, no hay duda, y está no lejos de aquí. Pues cómo es posible que enfermo ese hombre del pie, con esa crónica llaga