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TRAGEDIAS DE SÓFOCLES

Coro.— ¡Ay de mi! ¡Cómo, por lo que se ve, lo estás atestiguando de manera indubitable! Sus hechos y él mismo manifiestan cuán demente está.

Áyax.— ¡Oh gente auxiliar del arte naval, que vinisteis agitando los remos por la llanura del mar!, a vos, sólo a vos, os veo que me asistis en mi desgracia. Pero matadme.

Coro.— Habla piadosamente. No seà que el remedio, añadiendo mal al mal, haga el sufrimiento mayor que la culpa.

Áyax.— ¿Veis al animoso, al valiente, al que permanecia intrépido en las luchas más horribles, cuán tremendamente ha puesto sus manos en inofensivas fieras? ¡Ay del ridículo! ¡Qué vergüenza para mi!

TECMESÁ.—No, dueño mio Áyax, te lo suplico, no digas eso.

Áyax.— ¿Estás aqui dentro? ¿Qué no te vas fuera? ¡Ay, ay, ay, ay!

Tecmesa.— ¡Por los dioses, apaciguate y reflexiona!

Áyax.— ¡Ay infeliz de mi, que me abstuve de des cargar mi mano en los criminales, y cayendo sobre los bueyes de tornátiles pies y los famosos rebaños, derramé su roja sangre!

Tecmesa.— ¿Y por qué has de apenarte por cosas que ya han pasado? Imposible es ya lograr que sean de otra manera.

Áyax.— ¡Ah criminal, instrumento de toda mala acción, hijo de Laertes, zupia inmunda del ejército, cómo te reirás de gusto!

Coro.— Según quiera un dios, todo el mundo rie o llora.

Áyax.— Quisiera verle, aunque tan afligido me hallo. ¡Ay de mi!

Coro.— No hables más. ¿No ves la desgracia en que te encuentras?