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TRAGEDIAS DE SÓFOCLES

gracia! Ahora, pues, soy dos y tres veces ay: tal es la ignominia en que me hallo. ¡Mi padre, después de haber sobresalido realizando las más brillantes hazañas de la expedición, regresó a su patria desde esta misma tierra cargado de laureles! ¡Y yo, su hijo, habiendo venido al mismo lugar de Troya con no menores energias, y sin haber dejado de realizar con mi propio brazo más relevantes hazañas, muero tan ignominiosamente deshonrado por los argivos! Y sin embargo, creo firmemente que, si vivo Aquiles, hubiera tenido que juzgar él mismo del mérito de cada cual para la adjudicación de sus armas, a nadie las habría dado más que a mí. Pero los atridas se han decidido en favor de un hombre sin escrúpulos, privando del premio a un valiente como yo. Bien que si la visión y torcidas imágenes que me alucinaron no les hubieran puesto fuera del alcance de mi intención, ya nunca jamás habrían tenido que administrar justicia a nadie. Pero la hija de Júpiter, diosa indómita y de horrible aspecto, cuando iba yo a descargar mi mano sobre los mismos, me desvió, infundiéndome rabiosa enfermedad, que me llevó a ensangrentar mis manos en bestias mansas. Ellos, pues, rien ahora, libres ya de mi furor; pero no por mi voluntad, porque si se interpone un dios, puede muy bien el cobarde huir salvo ante el valiente. Y ahora, ¿qué he de hacer, si tan manifiestamente me odian los dioses, me aborrece todo el ejército heleno y abominan de mí toda Troya y todos estos lugares? ¿Me iré a casa a través del piélago Egeo, dejando este campamento y abandonando a los atridas? ¿Pero con qué cara me presentaré ante Telamon, mi padre? ¿Cómo sufrirá mirarme, al verme privado de los premios del valor, de los cuales obtuvo él brillante corona de gloria? Esto no puedo consentirlo. ¿Me iré solo, yo solo, y cayendo sobre los fuertes de