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ÁYAX

Áyax.— Tráemelo para que le hable y lo vea ante mi.

Tecmesa.— Aqui cerca está, al cuidado de los criados.

Áyax.— ¿Y por qué tarda tanto en venir a mi presencia?

Tecmesa.— Niño, te llama el padre. Tráelo aqui, tú, siervo, que lo llevas de la mano.

Áyax.— ¿Viene ya ese a quien se lo mandas, o no hace caso de tus palabras?

Tecmesa.— Ya está aqui el criado que lo trae.

Áyax.— Trảeļo, venga aqui; que no se asustará de ver esta humeante carnicería, si es digno hijo mío. Conviene que desde niño se eduque en las crueles costumbres de su padre y que le iguale en valentia. ¡Hijo mio, ojalá seas más feliz que tu padre; y en todo lo de más, igual! Asi nunca serás cobarde. Sólo te envidio ahora, porque no te das cuenta de ninguno de estos males; pues en el pensar no está el placer de la vida, (ya que el no pensar es efectivamente un mal sin pena), mientras no llegues a saber lo que es placer y dolor. Pero cuando a esto llegues, necesario es que te presentes ante el enemigo, digno del padre que te ha engendrado; y mientras tanto vegeta en tus inocentes deseos, regocijando tu tierno espiritu, alegria de tu madre. Ninguno de los aqueos, bien lo sé, se atreverá a insultarte con afrentosas injurias, aunque estés lejos de mí. Tal protector dejaré para que te defienda en Teucro, que con diligencia cuidará de tu educación, aunque ahora se halle lejos yendo a caza de enemigos. Así, ¡oh valientes guerreros, gente marinera!, de vosotros espero este favor común: enterad a Teucro de mi mandato, para que llevándose a casa a este hijo mio, se lo presente a Telamón y a mi madre Eribea, para que él sea quien los alimente en la vejez hasta que lleguen a la mansión del dios infernal. Y respecto a mis armas, que