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TRAGEDIAS DE SÓFOCLES

ningún jurado las anuncie en público certamen a los aqueos, y menos el autor de mi desgracia, sino que tú, hijo mio Eurisaces, adoptando mi mismo sobrenombre, conserva mi infrangible escudo de siete cueros de buey, envolviéndote en sus bien cosidas telas. Las demás armas, que se entierren conmigo. Ahora toma pronto al niño y cierra la tienda. ¡No llores tan escandalosa mente! ¡Muy amiga eres de llorar, mujer! Cierra pronto. No es propio de sabio médico entonar cantos mágicos ante dolencia que necesita el bisturi.

Coro.— Me asusto al oír tu determinación. No me agrada tu destemplada lengua.

Tecmesa.— ¡Dueño mio Áyax!, ¿qué es lo que pien sas hacer?

Áyax.— No preguntes ni averigües nada. Lo mejor es que seas prudente.

Tecmesa.— ¡Ay, cómo me desespero! Te suplico, por tu hijo y por los dioses, que no nos abandones.

Áyax.— Demasiado me importunas. ¿No sabes que yo con los dioses no tengo ya ninguna obligación?

Tecmesa.— No digas blasfemias.

Áyax.— Habla a quien te haya de obedecer.

Tecmesa.— Pero tú, ¿no me creerás?

Áyax.— De sobra estás charlando ya.

Tecmesa.— Estoy asustada, joh rey!

Áyax.— ¿No la reprimiréis en seguida?

Tecmesa.— ¡Por los dioses, sosiégate!

Áyax.— Necedad es lo que piensas, si crees ahora enmendar mi manera de ser.

Coro.— ¡Ilustre Salamina, que feliz te asientas, be sada por las olas del mar, celebrada siempre por todos! Y yo, infeliz, tiempo hace ya que me hallo esperando en los infructuosos prados del Ida, durante innumerables meses, siempre echado en emboscadas, dejándome