Página:Las siete tragedias de Sófocles - Biblioteca Clásica - CCXLVII (1921).pdf/48

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Esta página ha sido corregida
28
TRAGEDIAS DE SÓFOCLES

tarte, ¡oh mujer!, de haber perdido ahora mismo tal amigo.

Tecmesa.— Tú puedes creer eso, pero yo lo siento demasiado.

Coro.— Lo mismo digo.

Tecmesa.— ¡Ay hijo, y cuán duro es el yugo de la esclavitud que nos espera, y los amos que nos van a dominar!

Coro.— ¡Ay! Has dicho cosa que por tu dolor no me atrevia yo a decir, de los crueles atridas. Pero ojalá la evite un dios.

Tecmesa.— No habrían pasado así las cosas, a no intervenir los dioses.

Coro.— Muy pesado es el dolor que ellos te han causado.

Tecmesa.— Sin embargo, la que ha preparado toda esta desgracia es la terrible diosa Minerva, hija de Júpiter, por complacer a Ulises.

Coro.— En verdad que en el fondo de su impenetrable corazón nos insulta ese que todo lo aguanta, y serie a carcajadas de las penas que la locura nos causó, ¡ay, ay!, lo mismo que se reirán los dos atridas al saberlo.

Tecmesa.— Que se rian y se alegren de la desgracia de éste. Pues si vivo no lo estimaron, es posible que muerto lo lloren al carecer de su ayuda; porque los necios no aprecian el bien que entre manos tienen hasta que lo pierden. Mayor es la amargura que me deja a mí al morir, que la alegria que tendrán ellos y el gusto que se dió a sí mismo porque logró para si lo que quería: la muerte que deseaba. ¿Qué tienen que reírse de esto? Los dioses le han matado; no ellos, no. Y siendo asi, vana es la risa de Ulises. Áyax ya no existe para ellos; y ha muerto para mi, dejándome penas y llantos.