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ÁYAX

has de sepultar a este hombre, y lo que has de responder pronto; pues veo venir a un enemigo, y es posible que, siendo un malvado, venga a reírse de nuestra desgracia

Teucro.— ¿Quién del ejército es ese hombre que ves?

Coro.— Menelao, por mor de quien vinimos en esta expedición.

Teucro.— Lo veo; cerca está ya y no es difícil reconocerlo.

Menelao.— ¡Ce!, te digo que no lleves a sepultar ese cadáver, sino déjalo como está.

Teucro.— ¿En obsequio de quién gastas tales palabras?

Menelao.— Porque así me place, y también al que manda del ejército.

Teucro.— ¿No podrías decirme qué motivo alega?

Menelao.— Que creyendo llevar en él, de nuestra patria, a un aliado y amigo de los aqueos, hemos averiguado por nuestras investigaciones, que es peor enemigo que los frigios, ya que deseando la muerte de todo el ejército, se lanzó esta noche espada en mano para asesinarnos. Y a no haberle frustrado un dios tal empresa, seríamos nosotros los que habríamos tenido la suerte que a él ha cabido, yaciendo exánimes de la manera más ignominiosa, mientras el viviría. Pero desvió un dios su perfida intención, que cayó sobre las bestias y los pastores. Esta es la razón por la cual no hay hombre que tenga poder bastante para honrar a ese cadáver con una tumba; sino que ahí, echado sobre la amarillenta arena, ha de ser pasto de las aves marinas. Contra esto no levantes tu fiera cólera, pues si en vida no pudimos domeñarle, mandaremos de él muerto, aunque tú no quieras, porque te obligaremos a la fuerza. Jamás en su vida quiso obedecer nuestros mandatos; y en ver-