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TRAGEDIAS DE SÓFOCLES

dad que sólo un malvado se atreverá a sostener que un simple ciudadano no debe respetar las órdenes de sus superiores; porque nunca serán obedecidas las leyes en ciudad en que no haya temor, ni podrá ser bien mandado un ejército sin la expectativa de los premios y castigos. Es preciso, pues, que el hombre, por grande y valiente que sea, considere que puede caer al más pequeño tropiezo. Ten en cuenta que el temor y la humildad son la salvación de aquel a quien acompañan; y considera que la ciudad donde se permita insultar y hacer lo que a cada uno le dé la gana, decayendo poco a poco de su florecimiento, se precipita en los abismos. Haya, pues, siempre cierto saludable temor; y no creamos que haciendo lo que nos plazca, no hemos de sufrir luego, pagando las consecuencias. Tal es el turno natural de las cosas: antes fué éste fogoso insolente; ahora soy yo quien me ensoberbezco y te ordeno que no lo sepultes, si no quieres caer, al intentarlo, en su misma sepultura.

Coro.— Menelao, después de haber expuesto sabias máximas, no vengas a ser tú mismo quien insultes a los muertos.

Teucro.— Nunca ya me admiraré, ¡oh amigos!, de que un hombre de obscuro linaje caiga en error, cuando los que se creen nobles de nacimiento incurren en tales aberraciones; porque, ¡ea!, repite lo que has dicho al principio. ¿Crees tú que mandabas de este hombre, por haberlo traído aquí como aliado de los aqueos? ¿No vino él mismo como dueño de sí, propio? ¿Dónde mandabas tú de él? ¿De dónde te vino el derecho de reinar sobre la gente que trajo él de su patria? Viniste como rey de Esparta, no como soberano de nosotros. Ni existe ley ninguna que te confiera sobre él más imperio que a él sobre tí. Como jefe de unos cuantos viniste aquí, no