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ÁYAX

concedió a mi padre el hijo de Alcumena. ¿Acaso yo, siendo noble y de dos nobles nacido, puedo deshonrar a los de mi sangre, a quienes ahora tú, porque yacen en tales miserias, rehusas la sepultura sin avergonzarte de decirlo? Bien; pues esto has de saber: con éste, si le arrojáis a alguna parte, arrojaréis también a la vez a nosotros tres, muertos con él. Porque entiendo que bello es para mí el morir gloriosamente luchando por éste, que no por tu mujer y por tí y por tu hermano. Ante esto, mira no por lo mio, sino por lo tuyo; porque si me ofendes en algo, algún día querrás haber sido tímido más que valiente en este asunto mio.

Coro.— Rey Ulises, oportunamente has de saber que llegas, si no vienes a complicar, mas a dar solución.

Ulises.— ¿Qué pasa, hombre? De lejos, pues, oí los gritos de los atridas acerca de este ilustre cadáver.

Agamemnón.— Pues ¿no estamos oyendo los más insultantes dicterios, rey Ulises, de este hombre ahora mismo?

Ulises.— ¿Cuáles? Porque yo tengo indulgencia para con el hombre que al oirse maltratar responde con malas palabras.

Agamemnón.— Las oyó malas porque tal había hecho conmigo.

Ulises.— ¿Pues qué te hizo, que lo tengas por ofensa?

Agamemnón.— Dice que no dejará que este cadáver quede sin sepultura, sino que por fuerza lo ha de sepultar contra mi voluntad.

Ulises.— ¿Es posible que al decirte la verdad un amigo, no menos que antes sigas conforme con él?

Agamemnón.— Dila, pues realmente no estaria en mi cabal juicio; porque como amigo, te tengo yo por el mayor entre los argivos.

Ulises.— Escucha, pues: al hombre éste, por los dio-