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ELECTRA

Electra.—Vamos a ver, di, ¿qué es eso tan terrible? Porque si lo fuera más que lo que estoy pasando, no te contradeciré.

Crisótemis.—Pues te diré todo lo que he oido. Si no desistes de tus lamentaciones, te van a mandar a un sitio donde no verás la luz del sol, y vivirás alli en tenebrosa caverna, fuera del mundo, llorando tus desdichas. Ya lo sabes. Reflexiona, pues, y no me acuses luego de lo que sufras; porque aun es tiempo de tomar buen consejo.

Electra.—¿Es verdad que eso han decidido hacer de mí?

Crisótemis.—Y tanto; apenas Egisto regrese a casa.

Electra.—Pues si para eso es, ojalá regrese pronto.

Crisótemis.—¿Qué es lo que deseas, desdichada?

Electra.—Que venga aquél, si piensa poner eso en ejecución.

Crisótemis.—¿Para aumentar tus sufrimientos? ¿Has perdido el juicio?

Electra.—Para verme pronto lo más lejos de vosotros.

Crisótemis.—¡Qué!, ¿no estimas en nada la vida?

Electra.—¡Dichosa vida es la mía, para estimarla!

Crisótemis.—Pero lo sería si aprendieras a ser prudente.

Electra.—No me enseñes a ser mala con los seres que me son queridos.

Crisótemis.—No te enseño a eso, sino a obedecer a los que de nosotras mandan.

Electra.—Eso hazlo tú, y no censures mi conducta.

Crisótemis.—Bueno es, sin embargo, no caer por imprudencia.

Electra.—Caeré, si es menester, vengando al padre.

Crisótemis.—El padre, en estas cosas, sé que nos tiene indulgencia.