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TRAGEDIAS DE SÓFOCLES

rreas de las riendas, y derribado él en tierra, los caballos se dispersan por medio de la carrera. Toda la concurrencia, apenas le vió caido del pescante, dió un grito de dolor, llorando por el joven que, después de tantas proezas, había caido en tal desgracia; pues le veían arrastrado por el suelo, levantando de vez en cuando sus piernas hacia el cielo, hasta que los aurigas, parando con gran dificultad a los corredores corceles, lo desataron tan ensangrentado, que ninguno de los amigos que le veía podía reconocer aquel desfigurado cuerpo. En seguida se le quemó en la pira, y en una pequeña urna de bronce traen las cenizas de aquel gran héroe unos focenses a quienes se les ha mandado, para que alcancen sepultura en la tierra de sus padres. Todo eso es lo que ha sucedido; si doloroso para quien lo escucha, para los que lo vieron como yo lo vi, es la mayor desgracia de todas las que en mi vida he presenciado.

Coro.—¡Huy, huy! De raíz, a lo que se ve, se extingue toda la raza de los antiguos tiranos.

Clitemnestra.—¡Oh Júpiter! ¿Qué diré de todo esto? ¿Debo alegrarme de ello o entristecerme, aunque venga en mi provecho? Triste cosa es que a cambio de mis propias desgracias salve yo mi vida.

El Ayo.—¿Cómo te desalientas tanto, ¡oh mujer!, por esta noticia?

Clitemnestra.—Terrible es parir; porque aunque una sea maltratada, no conserva odio a sus hijos.

El Ayo.—Inútil, a lo que parece, ha sido mi venida.

Clitemnestra.—Eso de ningún modo. ¿Cómo puedes decir que tu venida es inútil, si me traes noticias fidedignas de haber muerto el hijo de mi alma a quien alimenté con mi leche, y apenas dejó mis pechos se extraño fugitivo y ya no me vió desde que salió de esta tierra, a pesar de que me acusaba de la muerte de su padre y