destruyéndola, dió suelta á los bárbaros, diciéndoles que hicieran de los ciudadanos que les vinieran á la mano lo que quisieran o pudieran. Advirtieron bien pronto los Siracusanos el mal que les habia sobrevenido; pero tarde y con dificultad acudieron asombrados y pasmados á su remedió; porque era un horroroso saqueo el que experimentaba la ciudad, siendo muertos los hombres, derruidas las murallas y conducidas las mujeres y los niños á la ciudadela entre los mayores lamentos: pues los caudillos se habian acobardado del todo, y para nada podian servirse de los ciudadanos contra unos enemigos que por todas partes estaban ya mezclados y confundidos con ellos.
Siendo este el estado de las cosas, y amenazando ya el peligro á la Acradina, todos ponian la vista en el único que podia levantar sus esperanzas; pero nadie lo proponia, avergonzados de la ingratitud é indiscrecion con que respecto de Dion se habian portado. Mas siendo ya urgente la necesidad, salió una voz de entre los aliados y la milicia de caballería de que se llamara á Dion, y se trajera á los Peloponenses del pais de los Leontinos. No bien se habia tenido esta resolucion y dádose esla voz, cuando fueron comunes entre los Siracusanos las aclamaciones, el gozo y las lágrimas, rogando á los Dioses por que Dion pareciese, deseando verle, y recordando su valor y denuedo en los peligros, y cómo no sólo era imperturbable él mismo, sino que lambien á ellos les daba espíritu y los conducia impávidos á los enemigos. Envíanle, pues, al punto de los aliados á Arconides y Telesides y otros cinco de la caballería, entre ellos Helanico. Marcharon éstos á desempeñar su comision corriendo á rienda suelta, y llegaron á la ciudad de los Leontinos casi al fin del dia. Apeáronse, y lo primero que hicieron fué ir á echarse llorosos á los piés de Dion, á quien refirieron los infortunios de los Siracusanos.
Habian ya acudido algunos de los Leontinos, y los más de los Peloponenses se agolparon á Dion, pensando por la