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LITTERAE

Por el contrario tanto más esperamos de su intervención, cuanto más desea que pidamos su auxilio.

Pero tenemos también otro propósito, al que Nos prestaréis, Venerables Hermanos, tal como acostumbráis vuestra diligente cooperación. A saber, para que Dios sea más favorable a nuestras oraciones, y para que acuda con misericordia y prontitud en auxilio de Su Iglesia, Nos juzgamos de profunda utilidad para el pueblo cristiano, invocar continuamente con gran piedad y confianza a San José, junto con la Virgen Madre de Dios, su casta Esposa; y tenemos plena seguridad de que esto será del mayor agrado de la Virgen misma. — Con respecto a esta cuestión, de la que Nos hablamos públicamente por primera vez el día de hoy, sabemos sin duda que no sólo el pueblo se inclina a ella, sino que de hecho se encuentra ya establecida, y avanza hacia su pleno desarrollo. La devoción a San José, que ya en el pasado los Romanos Pontífices han propagado y gradualmente incrementado, ha crecido en mayor proporción en nuestro tiempo, particularmente desde que Pío IX, nuestro predecesor de feliz memoria, proclamase, dando su consentimiento a la solicitud de un gran número de obispos, a este santo patriarca como el Patrono de la Iglesia Católica. — Sin embargo, ya que es de gran importancia que la devoción a San José se introduzca en las prácticas diarias de piedad de los católicos, Nos deseamos exhortar a ello al pueblo cristiano por medio de nuestras palabras y nuestra autoridad.

Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús. De aquí procede su dignidad, su santidad, su gloria. Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; sin embargo, porque entre la santísima Virgen y José se estableció un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad —al que de por sí va unida la comunión de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase también, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella. — Así pues él emerge entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la opinión de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a sus propios padres.