Página:Leonidas Andreiev - El misterio y otros cuentos.djvu/151

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El primer turista, intérprete (en voz baja).—Ahora no hay Luna.

El segundo turista, intérprete.—No importa. El público no sabe Astronomía.

El turista gordo.—¿Oyes, Macha? Ahí tienes un ejemplo asombroso de la influencia de la Luna sobre los seres vivos de la Creación. ¡Qué terrible tragedia! Brilla la Luna, el sinventura trepa a lo alto de una roca inaccesible...

El corresponsal (a voz en cuello).—¿Qué siente usted?... ¿Qué?... ¡No le oigo!... ¡Ah, yal ¡Sí, sí!... En efecto; su situación no es envidiable.

Voces.—¡Escuchad, escuchad!

El corresponsal (escribiendo).—El horror paraliza sus miembros y hiela la sangre en sus venas... Ha perdido toda esperanza... Piensa en el lejano y dulce hogar, en su mujer haciendo empanadas, en sus angelicales hijos jugando a la gallina ciega, en su anciana madre, sentada junto a la chimenea, con la pipa en la boca...

Una voz.—Será su anciano padre.

El corresponsal.—Su anciano padre. Ha sido un 'lapsus... La compasión del público le conmueve en extremo... Desea que su último pensamiento vea la luz pública en ese periódico.

La señora belicosa.—¡Cómo miente ese señor!

Macha (melancólica).—¡Ya va a caer, papá!

El turista gordo.—¡Déjame en paz!

El corresponsal (a voz en cuello). —La última pregunta: ¿qué desea usted decirles, antes de morir, a sus conciudadanos?