Página:Leonidas Andreiev - El misterio y otros cuentos.djvu/184

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Chistiakov le estimaba y le invitaba a irse con él a Berlín.

—¿Cuándo se va usted?—preguntaba Karuyev.

—En cuanto tenga cuatrocientos rublos. Ya tengo doscientos veinte.

—Yo que usted no me iría.

—¿Por qué?

—Está usted delicado...

—Aquel clima es mucho mejor que éste.

—Sí; pero... ¿Por qué no se va usted una temporada a Crimea?

La pálida faz de Chistiakov palidecía aún más y sus ojos se llenaban de lágrimas. Estremecido de dolor y de horror, como si le arrancasen del corazón su sueño dorado, murmuraba:

—¡Yo no puedo vivir en Rusia! ¡Me ahogo, me muero entre esta gente!

—¡Cálmese, cálmese! Y, ¡qué diablos!, váyase al extranjero, si cree que allí ha de ser feliz...

Chistiakov se calmaba.

—En Cristianía—decía en voz baja, lleno de entusiasmo—le han levantado una estatua a Bjornson... y otra a Ibsen, sin esperar a que se mueran... Y cuando los dos grandes hombres pasan por la hermosa plaza donde se alzan, lloran de gratitud... ¡Quién pudiera respirar el aire de esa noble tierra!... No estoy bien del pecho... dicen que estoy tuberculoso... Pues bien; de buena gana moriría allí...

Karuyev le daba unas palmaditas en la rodilla.

—¿Quién piensa en morirse? Usted nos enterrará a todos... ¡Esos picaros nervios...!