Los fortificados resistieron muchos días el sitio que se les estableció por hambre, pero al fin tuvieron que rendirse á discreción, y el Inca entonces, usando de bondad les perdonó la tenaz resistencia y dejándoles gentes de su corte para que fuesen instruídos como súbditos del reino, volvió con sus legiones á la ciudad imperial donde le recibieron con grandes fiestas y alegría, solemnizando sus triunfos y su llegada.
Pocos años después el Inca ordenó de nuevo que 10.000 hombres se aprestasen para la guerra y dirigióse á la conquista del Collasuyu, territorio que comprendía muchas provincias que se sometieron con facilidad á un vasallaje que consideraban les era bien favorable, pues les garantizaba de ataques traídos por otras tribus convecinas.
Los Collas, que formaban muchas naciones, recibieron al Inca en medio de fiestas y agasajos. Adoraban la laguna Titicaca y decían que sus padres habían salido de las cuevas de las montañas.
Esos lugares eran visitados todos los años por las tribus y allí se practicaban sacrificios en reconocimiento de hijos á padres; pero el Dios principal de este pueblo era un huanaco blanco.
Fueron señores de mucho ganado y por eso decían que el Mundo Alto los habría favorecido más que á cualquier pueblo de la tierra. De esa adoración se deduce que ninguna ofrenda ó sacrificio fuese más agradable á Pachacamac que la de una pequeña llama ó huanaco blanco, porque según ellos era la que más se asemejaba al padre de todos los hombres y por tanto tenía más deidad.
Lloqui Yupanque sometió también algunos