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Página:Leyendas de los indios quichuas (IA leyendasdelosindoliv).pdf/43

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el colla

lana de cordero, camina taciturno y habla lo menos que puede el castellano.

Al desocupado que lo vé pasar se le ocurre una justa reflexión: ¡cómo pueden estos hombres vivir con el producto del insignificante comercio á que se dedican?

Y cuando uno sabe que se vienen á pié desde sus valles, situados á ochocientas leguas de distancia, se explicará más dificilmente la compensación pecuniaria que induce á estos séres, de piernas excepcionales, á emprender la formidable travesía.

Es que nosotros, los hijos de Buenos Aires, sabemos habitualmente mucho de las costumbres y de lo que pasa en el viejo mundo, pero nuestros conocimientos están un tanto en retardo, tratándose de los usos y costumbres de nuestra casa, ó sea de nuestra América, lo que si no es lo mismo, es cosa parecida.

El Colla, el Aimará, ó más propiamente dicho, el hijo del valle de los Yungas, realiza un propósito muy diferente del que nos suponemos, al efectuar su viaje.

Allá, en las montañas escarpadas y pintorescas de su tierra natal, viste habitualmente de negro, en señal de eterno duelo por la desaparición y exterminio de sus Incas, los señores de las cuatro partes del globo, los hijos de Manco Capac y Mama Oello, los que enseñaron á adorar al sol y á Pachacamac, alma del mando, que tiene en sus manos las riendas de los supremos destinos.

Pachacamac y el sol, focos brillantes de luz y de saber, dieron por boca de sus hijos, los semidioses, las sublimes é inmutables leyes que unieron entre sí