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Página:Leyendas de los indios quichuas (IA leyendasdelosindoliv).pdf/47

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el colla

Muchas veces los viejos que han perdido á su compañera, salen por segunda vez acompañando al hijo menor en su peregrinación; enséñanle entonces á recorrer con paciencia el largo camino que principia y acaba con sufrimientos y trabajos.

Cumplida su peregrinación, suele volver el Colla á su hogar y encontrarse con la dolorosa nueva de una muerte inesperada. Dobla entonces su duelo. Pero todos le recuerdan que la vida es camino de pesares, y que hay que soportar los designios de Pachacamac que tiene en sus manos, desde lo alto, las riendas de los supremos destinos.

El yungueño sombrío se pierde entonces en los valles azules de las montañas apartadas, buscando el consuelo que ha dado siempre al corazón abatido por los grandes dolores, la contemplación de la naturaleza.

En las horas calladas de la noche, cuando titilan en el cielo las estrellas infinitas, como vibraciones eternas del cariño de los que sucumbieron, y cuando en los antros oscuros del bosque se siente el aleteo del buho y el eco quejumbroso de la torcasa aprisionada, suele oirse á veces las notas sencillas de una música perdida, cuyos ecos vibran vagamente en las ondas sonoras que se ahuecan en los profundos abismos. La música es supremamente melancólica, sus notas llevan al espíritu, la expresión de un pesar sin consuelo y sin amparo.

Ese es el indio, que llora conjuntamente en la Quena tradicional, las angustias de su alma acongojada y las desdichas de la patria, cuyo recuerdo se aviva en medio de las grandes armonías.