vido mucho tiempo en la Corte del Inca, lo que le daba gran importancia entre los indios que no habían tenido la suerte de ver al hijo del Sol ó familiarizarse con las aristocráticas costumbres de los habitantes de la ciudad real.
El amor de Chasca, sin embargo de su belleza y de su gran sensibilidad, era más firme de lo que su padre creía y aunque todo estaba preparado para casarla con el hijo del otro Curaca, ella esperaba silenciosa que Hualpa se presentara oportunamente.
Faltaba solo un día para que se cumpliese el plazo fijado por el viejo, y Hualpa no aparecía ni se tenían noticias de él.
Todo se había preparado ya en el Villorrio para la suntuosa fiesta del casamiento que tendría lugar al día siguiente.
De la casa de los dos Curacas llegaban y se cambiaban los presentes más valiosos en festejo de tan ambicionada alianza.
Chasca, oía, callaba y aceptaba con paciencia, cuanto se hacía á su alrededor, pero en lo íntimo de su alma, flotaba la dulce esperanza de que todos aquellos preparativos, servirían para festejar su enlace con el que estaba ausente.
Llegó por fin la noche, después de un día nublado y se desató una espantosa tormenta de granizo, que desplomándose por las faldas de las montañas, inundó los valles y los campos.
La corriente arrastraba por el cauce del torrente moles inmensas de piedra que parecían flotar sobre las aguas como débiles leños. El ruido pavoroso en medio de la oscuridad, se confundía con el es-