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Página:Leyendas de los indios quichuas (IA leyendasdelosindoliv).pdf/55

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los jigantes

grandes casas, unos hombres tan grandes, que medía más cada uno de ellos de la rodilla abajo que el más alto de los hombres comunes en todo su cuerpo; sus brazos conformaban tan bien con la grandeza de sus cuerpos; que era cosa admirable ver sus enormes cabezas y los largos cabellos que les llegaban á la espalda.

Los ojos eran del tamaño de platos y no tenían barbas; venían vestidos de pieles de animales cosidas entre sí y otros desnudos; no trajeron mujeres y después de haber hecho sus chozas á manera de pueblo y en el referido paraje, cavaron grandes pozos buscando el agua que les faltaba. Fué esa obra digna de memoria, como ejecutada por hombres tan extraordinarios, que los hicieron en medio de la roca viva, siendo el agua tan clara, fresca y agradable, que era gran contento beberla.

Habiendo hecho su instalación los tales jigantes, se apoderaron de cuanta cacería encontraron por la tierra inmediata y todo cuanto había en la comarca que ellos podían ollar lo destruían.

Comían tanto, que uno solo de ellos consumía más carne que cincuenta naturales. No fué bastante la comida que hallaron en tierra y tomaron de la mar, con sus formidables redes, muchísimo pescado.

Vivían en gran aborrecimiento de los naturales pues pretendían quitarles las mujeres y trataban de matarlos para lograr mejor su intento.

Los indios hicieron grandes juntas para exterminar á los invasores que ocupaban y se enseñoreaban de su tierra, pero nunca se resolvieron á acometer la empresa.