más aguerrido y valiente que todos los que hasta entonces habían tenido que combatir.
Dos días duró la encarnizada lucha á piedra en las proximidades de Cantumarca y la honda era tan bien manejada por los Chulpas, desde las alturas, que casi no quedó soldado invasor con la cabeza sana.
Venció por fin, la superioridad de las armas de fuego, que siempre ha causado en el ánimo del indio supersticioso pavor.
Rumiñagui y la mayor parte de sus soldados, se retiraron á las montañas, pero los terribles Chulpas, atajaron el paso algunos días más á los conquistadores.
Las mortíferas armas de fuego, hacían destrozos en las filas de aquellos pequeños valientes que pretendían por sí solos, estrechar y concluir al enemigo.
Las municiones del ejército expedicionario se agotaban después de cuatro días, y los sables y las lanzas entraron á jugar activamente, obligando á retirarse del campo de la acción á los grupos de Chulpas que quedaban.
La victoria fué pues de los conquistadores, y los vencidos se emparedaron en sus chozas de las montañas, tapiando las puertas con piedras y maderos, envenenándose con unas yerbas que comían y que en pocas horas producía la muerte.
Dice la tradición que al cerrarse para siempre en sus viviendas convertidas en sepulcro, decían los Chulpas que la vida no tenía más objeto para ellos, pues no habían podido restituir el trono del Inca su señor, y el Dios Sol los había abandonado.