de pavor al que las contempla y reflexiona en los grandes cataclismos geológicos por que ha pasado la corteza del globo.
El indio descarga á esa hora sus mansas llamas, fatigadas por la penosa marcha, y mientras descansa en una peña, contemplando las brumas azules de la lejanía, recordará tal vez la dulce amada de su corazón, que vió al despedirse, debajo del alero de la choza paterna y que quedaba silenciosa, tejiendo en la Puskha esos interminables hilos blancos, plateados, que son como el emblema del recuerdo que no se corta jamás!
La noche silenciosa no tardará en llegar, cargada de los perfumes de flores misteriosas y desconocidas, que solo han sido cantadas por los poetas indios; el Cumurí, se entrega en esas horas al melancólico placer de arrancar notas amorosas y tristes á su flauta de caña; melodías que más tarde cuando regrese al valle, hará oir desde lejos á su amada para que salga á la nocturna cita.
Las ofrendas de amor, son al regreso, el fruto de sus trabajos, y la jóven india, al día siguiente de aparecer su novio, amanece engalanada con sencillos adornos de cuentas de colores, zarcillos, un prendedor ó un par de husutas, que han de tener los tacos pintados de rojo y amarillo, colores que simbolizan la alegría, porque recuerdan la sangre juvenil y la sabrosa chicha, que anima á los mortales en las alegres fiestas.
Pero si su amada ha desaparecido mientras él viajaba lejos del florido valle donde está el terruño que constituye su pátria, su hogar, su Dios, y el suntuoso templo de su amor, los sentidos versos se